Estúpida condición

Julio miraba a través de los ventanales de su oficina. Tenía la vista fija en un punto, uno muy distante, uno que atravesaba el vidrio de gran espesor y que se internaba en el horizonte, ahora nublado, donde la vista se puede perder fácilmente. Miraba pero no prestaba atención.

Sobre su escritorio se hallaban unos documentos que le habían traído la noche anterior, resultados de un proyecto que su jefe le había pedido que prestara especial atención. Las hojas se esparcían sin orden aparente, dobladas unas y rotas otras. Entre ellas había una que presentaba gráficas y números en rojo, tenía anotaciones en todos lados, café derramado y hasta un poco de sangre.

A decir verdad, Julio era un gran estadista. Había trabajado en muchos proyectos de relativa importancia y había ascendido rápidamente, pisando cabezas muchas veces, hasta ocupar un puesto administrativo de envidia, un jaguar último modelo y unas oficinas en el veinteavo piso del edificio corporativo. El hijo de Midas, le llamaban a sus espaldas, porque proyecto en el que trabajaba producía dinero como hasta entonces no se había percibido.

Golpearon a la puerta dos veces.

-Señor, le esperan en la sala de juntas -dijo la secretaria, a través de la gruesa madera.

-Si -responde Julio, sin lograr ocultar el estertor en su voz.

En su mente, una batalla se venía librando, se decía:

“No creo que haya mucho problema, hemos hecho ganar muchos millones de dólares a la compañía, esto es solo un tropiezo, uno menor”.

Luego se rascaba la cabeza.

“No hay tropiezos menores. No hay tropiezos, este es un problema. ¿No te das cuenta? Desde ahora mi opinión será puesta en duda. Ahora me verán diferente, ya no soy el mismo, ¿no te das cuenta?”.

Volvía a rascarse la cabeza.

“¡Pero si esos mensos ni siquiera lo entienden! Hablamos de algunos miles de dólares, no se ha perdido nada importante, no sé porqué eres tan exigente”.

Se rascaba la cabeza sin prestar atención al hilillo de sangre que escurría ahora por su oreja derecha.

“Esos estúpidos solo saben de dinero, no entienden de gente, no entienden de nada. Solo quieren escuchar que ahora tienen más billetes”.

La sangre llegaba ahora hasta la camisa y se esparcía libremente sobre el lino, que servía de lienzo a lo que parecía ahora una rama torcida.

“Tú eres más estúpido aún por…”.

“¡No digas estupideces! No seas como ellos”.

“Es que no entiendes que…”.

“¡El que no entiende eres tú! Pero claro que no lo haces, si el que tiene la bronca soy yo. ¡Yo! No podría verme a la cara, no me reconocería, no sería yo. Perdería hasta ese estúpido apodo que tanto he detestado. Lo mejor sería lanzarme por la ventana. Sí, eso debería hacer”.

“Ahora estás siendo un imbécil. Además, esas ventanas no se pueden abrir porque…”.

“Si abrirlas no es el problema, ¿te das cuenta que te volviste estúpido? Escucha lo que dices, imbécil”.

“Ya no sé qué decirte, ya no se siquiera si…”.

“Eso es, nunca has sabido nada. Solo yo sé, solo yo, siempre he sido yo, nunca esos estúpidos, nunca nadie, solo yo, solo yo, yo y nadie más, si saltara ni lo notarían, están tan estúpidos que ni lo notarían, están tan estúpidos que ni lo notarían, están tan estúpidos que ni lo notarían, están tan estúpidos, bola de estúpidos, son todos unos estúpidos, ¿y si les mancho ahora la alfombra estúpidos?”.

Tomó una figura de cristal de uno de los estantes y se golpeó en el cuello tan fuerte como pudo. La sangre brotó al instante por montones.

Con la cabeza en la alfombra, en medio de una horrorosa figura escarlata, miró la última vez por la ventana y observó un hermoso arcoíris que se formaba lejos, muy lejos en el horizonte.

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