Ingenua felicidad

Aldo estaba cerrando el negocio. Había sido un día bastante bueno, consiguió no solo el dinero para cerrar el día, sino que podría cubrir los gastos de la semana y le quedarían unos pesos para ahorrar. Una sensación de alegría le abrazó el corazón, pues había prometido a Lucía, su hija, que haría todo lo posible por llevarla a conocer el Mar.

Eran ya pasadas de la media noche, la Luna estaba llena y más brillante de lo esperado. Había llovido y las calles aún se mantenían húmedas, por lo que la luz que emitía se esparcía y llenaba el lugar con un aura un tanto espectral, pero a la vez hermosa. De los techos de las casas y edificios aún podía verse caer una que otra gota de lluvia que se había quedado retrasada. Estas brillaban al reflejar la luz y daban la impresión de tratarse de finos hilos de plata que se tendían hacia el suelo para desaparecer un instante después, dejando como único rastro una estela ondular en la superficie mojada del suelo.

A decir verdad, la colonia Zamorra -en donde se encuentra el negocio de Aldo- era uno de los distritos más conflictivos y sucios de la ciudad. Siendo aún más sincero, podría decirles que era este un agujero en donde la podredumbre y la violencia se habían decidido a hacer su hogar. Daba la impresión de que ni los cuerpos policíacos ni Dios mismo, querían hacerse responsables de semejante lugar. Sin embargo, y a pesar de tanta crueldad que impregnaba sus paredes, parecía que la gente vivía con un mayor índice de felicidad que en otras partes de la región. Seguro les costará creerlo, es poco convencional, pero es tan justo mencionarlo como el mismo hecho de que en estas calles habían ocurrido los hechos más humanos que en toda la historia del hombre se pudieran alguna vez registrar.

Los padres de Aldo, que dicho sea de paso habían fundado el negocio familiar, eran un claro ejemplo de la bondad que esta gente es capaz de expresar. No hacía mucho tiempo habían muerto ambos de una tragedia descomunal: habían sido asesinados y del culpable poco se pudo averiguar. Pero esto no quitaba el sueño a la gente de estas calles, quienes parecían estar acostumbradas a que situaciones como esta ocurrieran todo el tiempo. La gran mayoría de los eruditos que en tiempos postreros les analizaron, dijeron que era muy probable que se hubiesen acostumbrado tanto a una vida tan fiera, que dieron paso a las proezas que hicieron famosa a la ciudad, pero esa es otra historia que contar.

Aldo caminaba ahora sobre la calle principal y acababa de pasar la carnicería de don Pedro. Ese vejete cascarrabias le había propinado unas buenas tundas cuando apenas tenía unos ocho años de edad y las repitió con cierta frecuencia los cinco o seis años siguientes. Sería mentir si dijera que Aldo no sufrió en la primera paliza, pero las que siguieron las aceptó de buena gana porque sabía que las tenía bien merecidas. Podría decirse que les encontró sabor.

Las cortinas estaban abajo y las luces apagadas, hacía mucho que don Pedro se había retirado a descansar.

Aldo caminó entre las calles y callejones hasta llegar ante las puertas de su hogar, una vieja casona cuyos techos amenazaban con derrumbarse cualquier día de estos y que -contrario a lo que muchos esperaban- seguían demostrando la fortaleza que la familia siempre había querido demostrar. Era una verdadera lástima que estas paredes hubiesen resultado más fuertes que la voluntad de la familia que había morado en ellas por ya casi más de un siglo.

Aldo se apresuró a abrir la puerta y dejar sus llaves, sombrero y reloj en un pequeño estante que se hallaba a unos pasos de la entrada. Se detuvo unos instantes, dio un suspiro y se dijo así mismo: «ha sido un día fenomenal».

Sus pasos resonaron en la estancia como golpes huecos en los tablones de madera. Estaba todo muy oscuro y apenas se podía distinguir una que otra cosa. La luz de la Luna, cada vez más brillante, se filtraba por las cortinas que cubren un par de ventanales en la sala y cuyos vidrios se encuentran despostillados y tan llenos de lodo como el suelo del zaguán.

Se detuvo ante la puerta de una habitación al fondo del pasillo principal, la única cuyo marco resplandecía con la luz titilante de una vela que le hacía danzar con un ritmo tan variable y estrujado como el corazón mismo de Aldo, cuando este tomó el pestillo y le giró hasta que el pasador se soltó con un sonido frío y apagado.

La puerta cedió y los goznes chillaron mientras se desplazaba hasta un costado en el interior de la habitación.
Podía distinguirse ahora la figura de Estela, su mujer, quien se hallaba sentada en una silla cruzando la estancia y recargada en una ventana que ahora no lo parecía, pues había sido cubierta con gruesos cartones para evitar que la luz del Sol o la Luna, se pudieran filtrar. Tenía los cabellos hechos girones y la falda remangada hasta las rodillas, en las cuales –Aldo no podía apreciarlo por la falta de luz- se lucían enormes llagas recién abiertas por el tiempo que había permanecido hincada a un lado de la cama.

Estela se estremecía, mas no emitía sonido alguno.

Cerca de la puerta, apenas a unos pasos de distancia de donde se hallaba Aldo, una vela casi derretida por completo coronaba una pequeña cama de madera. Las sombras en las sábanas bailaban de un lado a otro, como realizando algún rito que Aldo nunca podría identificar. Bailaban tal vez al son de la muerte, pues esta había llegado poco después de caída la noche y se había marchado con la pequeña Lucía en brazos, reemplazándola con una enorme muñeca de cera, colmada de lamentos, aflicciones y dolor.

El corazón de Aldo cayó al suelo y se fragmentó en mil pedazos, los cuales se esparcieron rápidamente y nunca más los pudo recuperar.

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