El algoritmo revolucionario

-¡Carajo!, ¿cómo es posible?
-Cálmate Rodrigo, y dime lo que sucede.
-¡Es que no puede ser! –Rodrigo se notaba más molesto que de costumbre-. Me cuesta creer que ese pendejo sea capaz de burlarse de mí de esta manera.
-¿De qué manera? ¿Por qué no te relajas y me cuentas lo que sucedió?
-Mira Ramón, tú ni vela tienes en este entierro. Mejor ahí muere.
-No hombre, Rodrigo –responde Ramón, había logrado desarrollar cierta indiferencia hacia los berrinches de su compañero-, ya comenzaste con el espectáculo; ahora lo terminas.
Respirando profundamente, Rodrigo alcanza a decir:
-Hace un par de horas fui al departamento de desarrollo para hablar con Felipe. Me encontraba en un aprieto, puesto que ese imbécil se le ha ocurrido enfrascarse en un nuevo proyecto y no ha presentado nada formal hasta ahora.
Ramón, comprendiendo la naturaleza explosiva de su compañero, se prepara para escuchar la historia más sardónica dicha jamás. Se acomoda en una silla y pregunta:
-¿De ese proyecto del que ha estado presumiendo por más de dos meses?
– Precisamente, ese místico proyecto del que le escuchamos hablar hasta en el baño, pero del que no ha mostrado siquiera una línea de código –dice Rodrigo, intentando recobrar la calma.
-¿Y qué con eso?
-¡Pues que los directivos comienzan a joder y ya no encuentro que decirles al respecto! –los ademanes que utilizaba Rodrigo eran muy notorios, como cuando estaba a punto de echar las cosas abajo -.
La gente de marketing, intendentes y demás; quienes se hallaban cerca de la pareja, se acercaron un poco más para escuchar de lo que se hablaba.
-De acuerdo –dice Ramón, utilizando un tono conciliador-, fuiste a hablar con Felipe. ¿Qué fue lo que te dijo?
Rodrigo, un poco incómodo al percatarse del auditorio, dijo:
-Me ha dicho que no debo de preocuparme. Que está trabajando en un proyecto revolucionario. Que el día de mañana la empresa podrá estar tranquila pues gran parte de sus problemas con el manejo de información se habrán solucionado.
-¿Felipe dijo eso? –pregunta Ramón, un tanto confundido por tal aseveración-, ¿ese mismo Felipe que trabaja en el departamento de desarrollo de infraestructura?
-El mismo –responde Rodrigo-, ese necio incompetente se ha encerrado dos pinches meses para resolver un problema abominablemente importante para la empresa. ¿Puedes creerlo?
Rodrigo, más que molesto, comenzaba a perder la cordura. Ramón, por otro lado, conociendo el punto a donde les llevaría todo esto, preguntó:
-De acuerdo, de acuerdo. Resulta un tanto imposible de creer. Pero, ¿qué con eso? ¿Te mostró los avances del proyecto?
Rodrigo sentía que la sangre se le calentaba de nueva cuenta en la cabeza.
-¡Ese es el pinche problema, carajo!
-Es una pendejada, seguro.
-Ya verás de qué tamaño –dice Rodrigo, tornando su voz en una risa nerviosa-. Ese idiota ha estado trabajando todo ese tiempo en un nuevo algoritmo de compresión de datos. Me ha dicho: “Déjame mostrarte lo novedoso de este artefacto. Después de esto, no tendremos más problemas de almacenamiento, envío o lo que tú quieras; con la información de la empresa. Aunque aún tiene un pequeño inconveniente que he de resolver”.
»Yo, un tanto confundido ante lo que acababa de decirme, no pude más que contener la respiración y prepararme a para escuchar. Más tarde tendría que utilizar algo de esto en mi informe.
»Me dijo: “Se trata de un algoritmo que permite, no solo la compresión de datos, sino la compresión más avanzada en toda la historia de la computación”. Hizo una pausa y esperó hasta ver mi reacción, la cual llegó apenas unos segundos más tarde.
»Continuó: “Rodrigo, escucha, ¡se trata del invento del siglo! Imagina un script que pudiera compactar la información al 0.001% de su tamaño original, y lo mejor de todo es que trabaja en modo multiplataforma. Puede correr tanto en Linux, Windows, OS o lo que tú quieras; siempre  cuando sea compatible con un motor Javascript”.
Ramón, acostumbrado a un procesamiento analítico de sus tareas diarias, comenzaba a percibir la parte graciosa del asunto, dijo:
-Así que de eso se trata… Pobre imbécil, nos decía tantas cosas y a la vez nada.
-¿Puedes creerlo? –dice Rodrigo, alzando tanto la voz que el intendente, al caer sorprendido por este acto, dejó caer la escoba sobre la señora Minerva-.
-Bueno, bueno, reconozco que es algo difícil de aceptar –responde Ramón -. Más aún viniendo de Felipe.
-Créeme, camarada, que cuando me lo dijo no supe que pensar. Casi en automático, le he preguntado cómo funciona el invento. A lo que ha respondido: “Básicamente, se trata de un script en Javascript, por lo que hemos logrado una gran portabilidad. Ya, incluso, he resuelto todos los detalles sobre la interfaz para la recolección de los datos. De hecho, le he incorporado un mecanismo bastante simple para la encripción de datos”.
Conforme Rodrigo avanzaba en su historia, carcajadas de ironía tomaban espacio entre una palabra y otra. Parecía aquél, un pobre hombre al borde del colapso nervioso. El gerente del departamento, al percatarse de ello, hizo una llamada para solicitar apoyo médico.
Rodrigo, apenas en pié, dijo:
-El imbécil… le da vuelta… a la… pantalla de su… computadora… en donde alcancé a distinguir apenas una línea de código…
Rodrigo cayó al suelo, mientras su voz se desgastaba hasta quedar de ella apenas un murmullo.  Estando en el suelo, antes de quedar inconsciente a causa de un tranquilizante que le han suministrado, levantó su brazo izquierdo y señaló una pantalla que se encontraba a unos escasos dos metros de distancia.
En la pantalla, con toda claridad, podía apreciarse un bloq de notas; en donde, además de los tags elementales para un documento HTML, se apreciaba un segmento de código en Javascript  con apenas una línea de código. Decía: “var datos = informacion.substr(0,1) << 1;”.

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