Pillo, el vencedor (parte 1)

Es grandiosa la forma en la que las cosas más pequeñas pueden ser cosas muy grandes en realidad. Hasta un huevo, tan pequeño y frágil, puede incubar a un gran héroe dispuesto a luchar por las cosas que ama y desea conservar. Prueba de esto es lo que le sucedió a Pillo, y su historia es la que les voy a relatar.

Pillo nació del más escuálido, frío, sucio y amorfo huevo que una gallina pudiese dar. Su madre, una gallina roja con muchos años que contar, había dado cientos de huevos, una cantidad difícil de asimilar, de los cuales ni uno solo había tenido la oportunidad de empollar. Con el paso del tiempo, las esperanzas de tener un hijo fueron menguando, dando paso a que su alma se consumiera casi por completo, creando así una de las máquinas de creación más incompetentes que una granja pudiese soportar. Eventualmente, esta gallina fue separada y su muerte marcada, serviría de almuerzo para la familia de algún capitán.

Estuvo un par de días amarrada y con la muerte cantada, hasta que un golpe de suerte le vino a liberar de tan terrible situación. El granjero, cuchillo en mano, se preparaba para tajarle de un golpe el cuello, mientras la gallina lo miraba y un nudo le crecía en el corazón. La tomó por las patas, cortó sus ataduras y, cuando la había tomado por el cuello, un fuerte golpe se escuchó en el lugar. Astillas de vidrios y hierros viejos fueron a dar por todo el jardín central: el hijo mayor del granjero había estrellado la maquinaria favorita del papá.

El granjero salió corriendo hacia el patio, con el cuchillo aún en la mano, sin darse cuenta de que dejaba abierta las puertas del corral. Nadie se movió entonces, tenían miedo de lo que pudiese pasar, mas nuestra gallina, quien no tenía que perder, vislumbró una oportunidad es escapar. Se levantó tan rápido como pudo y, con un par de aleteos, se desplazó hasta la puerta y no se detuvo hasta atravesarla y recobrar su libertad.

Muchos habían dicho que una gallina sola poco podía hacer para poder vivir, sin embargo, nuestra gallina se apartó de los terrenos de la granja y se adentró en una espesa maleza que se hallaba en un terreno abandonado, a unos cuantos minutos del corral. Ahí paso un buen tiempo, acurrucada entre las ramas de un viejo árbol que se hallaba cubierto de enredaderas y otras plantas más.

Casi por arte de magia, a la mañana siguiente, la gallina puso un huevo al que decidió incubar. Había sido el huevo más pequeño y feo que ella había puesto jamás. Fue muy penosa la espera, muy dura de verdad, pero al cabo de veintiún días, por increíble que parezca, un pollito, tímido y enclenque, conoció la luz solar.

Continuara…

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