El lugar para llorar

En la extraña isla de Presel, a unos quinientos kilómetros al sur de la costa del Peñón del Amaral, pueden apreciarse peces de bellos colores salir del agua en caravana –aleteando y presumiendo sus escamas de diamante- para luego volver al mar. En esta maravillosa estancia se encuentra un lugar al que todos han llamado Bahuolu, lo que significa: “el lugar para llorar”.

Cuentan que la gente de esa singular región suele visitar un lugar sagrado, un par de veces al año, llevando ofrendas de diversa naturaleza, entre las que se pueden encontrar: oro, agua, pan y sal. Se dice también que el camino que han de tomar da una vuelta por la isla, se adentra al corazón de la misma y se tiene que pasar la noche, a la luz de las estrellas, para despertar al otro día con un mapa que los llevará por un sendero, que se interna por una selva a la que nadie solo quiere entrar, hasta llegar al sitio en donde ocurren mágicos sucesos que nadie ha querido relatar.

Cuenta la leyenda que una bella joven, de apenas unos quince años de edad, se encontraba en los preparativos de las cosas que ella y su padre habrían de ofrendar; cuando una sombra dibujó en el cielo la forma de una enorme bestia devorando una serpiente, cuya cabeza estaba cubierta por largas trenzas de cabello que llegaban hasta los pies de esa figura abismal. El padre no lo pensó más, llegó a casa de dos saltos y, sin detenerse a pensar más, encerró a su niña en una vieja caja de podrida madera, depositándola bajo una mesa y le cubrió con muchos trapos muy usados, aunque del todo no la alcanzaban a ocultar.

No está de más decir que Anelia, el cual era el nombre de esta criatura, no opuso resistencia, y obedientemente se prestó a tan atroces actitudes que su padre quisiera tomar; mas cuando éste se hubo marchado, se apresuró a romper el candado y, saliendo hacia la arena que rodeaba lo que ya no era su hogar, se dirigió a grandes pasos hasta la orilla del mar.

Cuando Anelia hubo llegado, se dirigió a grandes pasos a la orilla para encontrarse con la vieja, su más sincera amiga Sarot –una anciana a la que ya nadie prestaba atención-. Al llegar le tomó de la mano y juntas se alejaron en dirección contraria a la que se dirigía esta ya extraña comitiva. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, los unos de los otros, Anelia tomó a la anciana entre sus brazos y, con lágrimas en los ojos, fue capaz de articular:

-Madre, ha llegado ya ese momento –un par de lágrimas trazaban surcos informes mientras recorrían sus mejillas y se colgaban de sus bellos contornos, para luego caer y fusionarse con el mar-, ¡tienes que llevarme ya!

-Hija mía –dijo la anciana, mientras le devoraba con la mirada- tu así lo has decidido, y me escucha el padre mar cuando digo que te entregas a mi con toda sinceridad.

Diciendo esto, la vieja fue creciendo tanto en tamaño como en maldad, hasta devorarse lentamente un par de destellos que brotaron de los ojos de esa engañada Anelia, y cuando hubo alcanzado su estatura más pronunciada le tomó por la cabeza y le devoró de un solo trago. Ni una sola gota de su sangre fue derramada en este trágico final, más pareciera que el cielo escuchara su lamento y se tiñera de un rojo muerte, provocando la angustia de un padre que, dejando todo cuanto llevaba, corrió hasta la playa llevando todo su dolor arrastras.

Mientras el padre se acercaba a este fatídico paraje, las sombras se extinguían y todo se teñía de su color habitual, mas cuando éste hubo llegado hasta las orillas del padre mar, no encontró rastros de su hija sino una anciana que le habló con estas palabras de mal:

-Bien te lo había yo advertido, mas no me quisiste escuchar, y ahora tu castigo será que por siempre habrás de llorar.

El padre cayó en la arena y de ahí no se pudo levantar. Pasó en cama por muchos días, mas ya nadie le pudo salvar. Llegó el día en que entre sueños, un escalofriante lamento lo sacó de su confinamiento y le llevó ante las orillas de ese viejo y traicionero mar. El dolor que había ahí, en memoria de su hija, le llevo a cometer la locura de ahogarse entre las olas que le llevaron sin pensarlo a donde quería llegar.

Cuenta la leyenda que desde ese momento, por las noches, poco antes del amanecer, se escuchan los lamentos de padre e hija pidiendo por poder regresar.

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