Una vida sencilla

Ando en taxi porque Rocco (mi auto) ha decidido hacerme una prueba de supervivencia, una donde he necesitado cada gota de paciencia y audacia que mi cerebro puede generar.

Me levanté muy temprano y traté de razonar con Rocco, pero no pude hacerlo cambiar de parecer. Entré a la casa, hice una rabieta, luego hice otra rabieta y después a ver videos chistosos. Eso me tranquilizó, encontré una compilación de cosas graciosas que luego compartiré.

Así que me preparé para salir y abordar un taxi, cualquiera. No tardé en encontrar uno, para mi buena fortuna, y comenzó el recorrido. La casa de un amigo, el centro y la oficina; fueron los destinos. Santa Lucía (para tratar de rentar un auto) y Santa Ana, para recoger unos cuadros.

Cuando venía de regreso encontré otro taxi libre, un viejito cascarrabias me preguntó:

― ¿A dónde?

―A la plaza ―respondí.

Él, con todas sus arrugas y una cara más de fastidio que de emoción, dijo:

―Vamos pues.

Me subí al coche y tropiezo con su jeta, que casi la enrollaba para guardarla en la cajuela. Yo traía mucha curiosidad, así que le hice una pregunta, esta me llevó a otra y así, poco a poco, me contó su historia.

La gente se enoja cuando le pregunto a dónde.

Sí, la gente hace lo que quiere.

Mucha es grosera.

Sí, también es ingrata.

La responsabilidad.

Sí, la gente es irresponsable.

El trabajo.

Sí, es difícil el trabajo.

Fui el administrador en una empresa, de donde me echaron por honesto.

Sí, así suele pasar.

Llevo muchos años en el taxi y así soy feliz.

Sí, uno se acostumbra a ser el jefe propio.

En casa la señora no está contenta.

Sí, nunca lo están.

Las señoras quieren dinero, quieren bienestar, pero también quieren que uno esté en la casa todo el tiempo, que participe en las reuniones familiares, que sea cariñoso y atento con los hijos.

Sí, sé de eso.

A las señoras les gusta quejarse. Que si no hiciste esto o aquello. Que si no les das suficiente dinero. Que si estuviste lejos. Que si tuvieron que dar la cara por sus hijos. Que si nunca estuviste ahí cuando te necesitaron.

Sí, también sé de eso.

¿Pero qué habría hecho la señora si yo fuese un desgraciado? Me hubiese dejado, se ha asegurado de que yo lo sepa.

Sí, definitivamente he escuchado eso.

¿Tú?

Sí, yo, no soy tan joven como aparento.

El matrimonio es difícil. El matrimonio es muy difícil. Uno se casa cegado por el amor, pensando que todas las diferencias se desvanecerán con el tiempo. Pero se equivocan, las diferencias quedan marcadas, se incrementan con el tiempo.

No, no sabía eso. Pero ya van cuatro años.

Ya estás sanando entonces.

Sí, me siento mejor.

Uno luego sacrifica muchas cosas, pero nunca suficiente. Uno deja pasar oportunidades y hace luego cosas que no quiere, y nunca es suficiente.

Sí, parece que lee mi mente.

Hace muchos años, cuando comenzaba apenas Cancún, tuve la oportunidad de administrar unas cabañas. Yo había vivido en el pueblo, pero la señora no, ella era gente de ciudad. A mí me gustaba, ella se quejaba. Era una vida sencilla y tranquila. Si no había huéspedes, a las siete nos preparábamos para la cama. No podíamos ver la televisión ni escuchar la radio, pero la playa era limpia y las arenas blancas. La gente pagaba por alejarse del mundo, y nosotros nos encargábamos de atenderlos bien, que tuvieran lo que quisieran.

»Pero la señora no era feliz ahí. Teníamos ya como dos años en la cabaña, cuando me dijo que se marchaba, que podía quedarme solo si así lo deseaba.

»Pero yo sin la señora no quise, así que regresamos a la ciudad.

»Me gustaba mucho esa vida, era una vida sencilla y tranquila.

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