El teléfono

Frente a mí un botón titilaba sin cansancio, se leía «abrochar cinturón».

Los asistentes de vuelo avanzaban por los pasillos dando instrucciones y acomodando a la gente. Fuera las turbinas bramaban y los alerones se ajustaban en diferentes posiciones. La gente se movía inquieta en sus lugares y no paraba de hablar. Tras de mi, un niño pateaba mi asiento una y otra vez. Dos filas adelante un bebé lloraba como partiéndose en dos. Una pareja de ancianos a mi izquierda se tomaron de la mano y miraban hacia el techo. Una señora, algunas filas atrás, comenzaba a llorar y gritaba que le permitieran bajar. Como no podía soltarse, intentó desesperadamente levantarse y golpeaba a sus acompañantes.

Mi corazón latía entonces como caballo desbocado. La verdad no sé que lo habrá logrado, mi respiración entrecortada o mis manos intentando soldarse en el asiento. Ella me sonrió y colocó una mano sobre la mía. Estaba fresca y tersa, como un pañuelo de seda.

La miré con sorpresa y ella me dijo:

—No te preocupes, vamos a estar bien.

Me regaló otra sonrisa y luego dirigió la mirada hacia la ventana.

Yo, atontado, no alcancé a responder.

Observé su cabello rizado y castaño deslizarse por un cuello largo y blanco. Un lunar tomaba el sol descansando en una clavícula. De ser un vampiro no lo hubiera pensado dos veces, pero no lo soy. Ni siquiera la conozco. Ni siquiera supe que responder.

Llevaba puesto un perfume dulce y ligero, pude sentirlo por todo mi cuerpo.

Ella se da cuenta que la observo, gira y me mira de nuevo. Yo sigo como estatua. Peor, como monstruo de Frankenstein, aunque menos feo.

Su mirada me penetra, me siento poseído por su encanto. Mis músculos se relajan y por fin una sonrisa se me escapa.

—Así está mejor —dice, luego observa a mi izquierda.

Una asistente me ofrece algo para beber pero lo rechazo. Enseguida noto mi boca seca, así que me retracto. Ella pide una botella con agua.

—Te apuesto a que no lo notaste —continúa.

—¿Como? —respondí, o cuando menos lo intenté.

—Que no lo notaste, ya estamos volando.

—Ah si, claro —mentí, ella lo descubrió luego luego.

Así transcurrieron las siguientes dos horas, hablando de mil cosas. Ella venía de Los Ángeles, había estado en el funeral de su abuela. Yo de San Francisco, había participado en una convención. Ella no deseaba regresar a casa. Yo moría de ganas por estar en la mía. Ella bailaba, yo dibujaba. Le gustaba el café, a mi la cerveza. Su grupo favorito era Coldplay, el mío era Opeth. Hablaba mucho, yo poco. Ella reía, yo callaba. Me sonreía, le sonreía. Me encantaba.

Confieso que no entendí mucho de lo que me decía, mi mente parecía atrapada en un bucle sin retorno, como intentando descifrar el porque dos personas tan diferentes se agradaban. Esperen, si, creo que le agradaba, o cuando menos lo deseaba con toda mi alma.

El botón se encendió una vez mas. Esta vez casi por reflejo tomé el cinturón y entonces noté que no me lo había desabrochado. Ella me miró y sonrió un poco más, pero se notaba ahora un poco preocupada. Abrochó su cinturón y me tomó de la mano. Luego miró de nueva cuenta por la ventana.

La luz se extinguía, ya era de noche. Abajo la ciudad se encendía con luces de mil colores.

Se veía hermosa, se veían hermosas.

El avión se detuvo finalmente y todos se levantaron, tomaron sus cosas y salieron. Ella hizo lo mismo, un poco más seria, no tan ella.

—Adiós —dijo, no contesté, no supe que contestar.

Antes de dejar el avión, giró y su mirada traspasó los asientos, me encontró y con una tímida sonrisa desapareció.

Yo estaba aún paralizado junto a mi asiento. Quise llamarle, gritar su nombre, entonces noté que no lo conocía. Me sentí incompleto, casi inhumano, como si una parte de mí se hubiese alejado junto con ella.

Tomé mis cosas y corrí para alcanzarla. Llegué a la puerta casi saltando los últimos asientos, hasta tropecé con un biberón olvidado, me torcí un tobillo y golpee un pierna. Estaba por abandonar el avión, entonces miré hacia atrás donde habíamos estado, como intentando grabar el momento por si nunca la viera de nuevo. Ahí en el suelo, debajo de mi asiento, estaba un teléfono.

Regresé a mi lugar y lo levanté. Era rosado y tenía un corazón hecho con pequeñas piedras de plástico transparentes. Cuando toqué la pantalla, esta se iluminó y una foto suya se desplegó en el cuadro. Sus ojos y sonrisa eran casi tan hipnotizadores como la versión de carne y hueso.

Eché el teléfono a la bolsa y me bajé del avión. Corrí por el túnel y llegué a la sala de equipaje casi sin aliento. Le di varias vueltas, pero no la encontré. La busqué en los pasillos, en el café, en el sitio de taxis y hasta en la calle.

Que tonto había sido, ¿como fue que ni siquiera le pregunte su nombre?

Saqué el teléfono de la bolsa y activé la pantalla de nuevo. Ella me miró, le miré de vuelta. Entonces me pidió la contraseña.

Esa noche dormí con el teléfono junto a la almohada. La vi entre sueños, me sonreía, estiraba un brazo y luego se alejaba. Escuchaba su risa por el eco en los pasillos del aeropuerto, veía su rostro en las revistas y sentía su perfume entre las flores. Como en la vida real, los ecos se dispersaron hasta convertirse en sombras condenadas a vagar entre mis recuerdos.

Blip.

Han pasado dos días desde entonces y la batería está por agotarse. He pensado en comprar un cargador, pero pienso que tal vez no debería hacerlo. ¿Que tal que nunca llama?

Blip.

Que estúpido he sido, tal vez debería seguir adelante pero no, estoy aquí en un café repleto de gente riendo, y yo tan triste y solo, mirando la pantalla de un teléfono.

Blip.

Un teléfono que por más que pienso no encuentro como utilizarlo o como hacer para que me lleve con ella.

Blip.

He visitado teatros, cafés, teatros con cafés y cuanto lugar se me ha ocurrido. He corrido y buscado y ya no sé que hacer.

Blip.

Dime, teléfono, dime que debo hacer.

Blip.

Toco la pantalla y veo su foto por última vez.

Blip, blip.

—Pensé que nunca lograría alcanzarte —dice su voz.

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