Nostalgia

Afuera llueve, las gotas se estrellan en el vidrio y se escurren en hilillos entrelazados, como si formaran parte de una red tejida por los dedos invisibles de la fortuna.

Rover se protege en la vieja casa de madera que consiguieras el año pasado y colocáramos en el patio.

Un relámpago ilumina la casa y a lo lejos se escucha acercarse un trueno, como tratando de alcanzarlo. Rover levanta las orejas y me encuentra en la ventana, me observa por unos segundos y luego algo que está a mi lado.

Ahí estas tu, acariciándome el cabello, observando los risos escurrirse por mis brazos y meterse entre mis pechos. Entonces me miras a los ojos y puedo leer en ellos un «te amo», uno que no logra escapar de tus labios.

Tomas mi rostro entre tus manos, puedo sentir tu calor esparciéndose por mi cuerpo y colorando mis mejillas. Puedo sentir esa loción que en otro tiempo me pareciera rancio y que ahora me recuerda a la cabaña en la que pasamos un fin de semana, enredados en las sábanas.

Descubro que tengo los ojos cerrados y que las lágrimas inundan mis pestañas. Mi corazón palpita, pero cada contracción hace que el vacío, ya inmenso, se vuelva aún más grande.

Quiero decirte que te extraño, apretarte entre mis brazos y jamás soltarte.

Quiero abrir los ojos y encontrarte.

Aún me cuesta creer que la muerte te haya arrancado tan injustamente de mi lado, que tendré que vivir con este vacío y que nada habrá en la vida que pueda llenarlo.

Rover me observa a través de la ventana, baja las orejas y su mirada se pierde una vez más entre la lluvia.

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