Un mundo sin prisas

Botas se levanta, va cojeando, e intenta regresar a la jaula. No puede porque cerré de nuevo la puerta antes de comenzar a cambiarle las vendas. Gruñe, pero se queda quieta, se agazapa. Entonces la levanto y continúo con mi tarea. Solía ponerse furiosa cada vez que la metía a la jaula, apenas unos días atrás. Ahora regresa sin quejas tras el tratamiento, se acomoda lo más lejos que puede de la entrada y duerme.

Momo entra al estudio, se queda a una distancia de la jaula bastante prudente, no maulla, solo olfatea. Observa a Botas por un instante y luego se aleja, sale a la calle. Tal vez recuerda los meses que vivió dentro de la jaula, cuando una de sus patas quedó fracturada en tres partes.

Max solo me observa, luego regresa al pasillo y duerme.

He notado que ya no suelo poner música en la mañana, me levanto temprano y comienzo a trabajar. Esta es una colonia bastante tranquila, a pesar de estar cerca de un supermercado. Ahora escucho el teclado, el ventilador en el techo, uno que otro auto que transita cerca; está todo tan quieto, que casi puedo escuchar mis pensamientos. Me hace reflexionar en lo bello que son los días y lo tonto que somos al perderlos en una oficina.

Me gustaría encontrar un lugar donde nada sea urgente, donde puedas vivir tus días sin prisa, aprovechando cada segundo. Me lo imagino azul y soleado, junto a un río quizás o tal vez cerca del mar. Escuchar las aves trinar, el agua correr y mi corazón palpitar. Sentir el olor a lluvia antes de llover, los rayos al levantarse y, en mi pecho, el rugir del trueno. Luego ver que todo se queda quieto una vez más, se torna azul y soleado.

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