Rafclo, el perro chimuelo

Rafclo, el perro chimuelo, ha vagado por las calles de Novotanea por casi una semana. A falta de alimento, se ha visto obligado a realizar las tareas más indignantes que un can pudiera realizar, lo que es más, se olvidó del orgullo y dignidad que habían acompañado su vida desde muchos años atrás.

Habría sido capaz de conseguir empleo, visitar a los amigos y hasta de formar una nueva familia, pero decidió salirse del camino, morder la vida por el lado fácil, demostrarle al mundo que valía más de lo que podían pagarle. Pero fracasó, por supuesto, y perdió hasta lo que más amaba, sus tesoros y recuerdos.

Ahora es un fantasma que anda de aquí a allá. No es más que la sombra de lo que en otro tiempo fue, y más triste aún, su sombra se desvanece a cada bocado que no da. Ya nada le parece bien, y ya nada le hará bien. Su único remedio es la muerte, que busca todos los días en las calles de Novotanea.

La gente, por otra parte, ya no lo puede ver más. Rafclo no se ha dado cuenta, pero hasta el carnicero Ramón, quien en otras vidas le diera los mejores huesos, lo ha sacado de su mente. Se ha convertido en un fantasma en sus recuerdos más olvidados, lo ha condenado a ser el alma en pena en sus sueños más retorcidos.

Al final del séptimo día, cuando ya toda esperanza estaba perdida, encontró la puerta que le llevaría a través del tiempo. Cuando la hubo cruzado, le hizo visitar los recuerdos de su infancia, de sus primeros pasos, el día de su mayor logro y culminó con una imagen que, más que perro, parecía ya un cadáver.

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